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Tertulia Flamenca El Pozo de las Penas

C. Cantarranas, 11, 41720 Los Palacios y Villafranca, Sevilla Spain
Open Today: 08:30 AM - 11:00 PM

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PASEANDO CON PUEBLO LEJANO. 6ª parada.
Recorrido literario basado en el libro del escritor palaciego Joaquín Romero Murube.
Manuel Chacón era la primera figura del cante flamenco del momento en que se escribe Pueblo lejano.
CÓMICAS Y TEATRO
Con el verano llegaban las cómicas. En el corralón del Molino viejo montaban el escenario. Había unas cuantas filas de sillas de aneas, y separados por unos palitroques, el resto del corral para la entrada sin asiento, a tres perras chicas. Cuando eran cupletistas, no iban más que hombres. «La Narda» bullía mucho en todos los preparativos. Era amigo de todas ellas y las llevaba y las traía constantemente de un lado a otro. Algunas noches no volvían a la fonda; entraban por el postigo del campillo, a la casa de Don Anselmo.
Cuando se acercaban las fiestas de la Patrona, a mediados de agosto, había compañía de comedias y dramas. Entonces iban algunas mujeres al espectáculo, no muchas. Todos los sábados, eso sí, cante hondo y guitarra. Era lo que más gustaba. Luego, ya en la época de la vendimia, cuando corrían los lagares y todo el pueblo, extenuado de sol y borracho de mosto, tenía como una constante y dulce somnolencia, volvían nuevamente las cupletistas.
Una vez cantó Don Antonio Chacón que pasaba temporadas en «Torres», el cortijo de Felipe Murube. Cantó de balde, «para que no presumiera de cantar por malagueñas un soplapitos que había escuchado en El Coronil... » ¡Cómo lo escuchó a él todo el pueblo amacizado aquella noche en el corralón del teatro! La gente se arracimaba por los muros. Los olés y el griterío del entusiasmo rebosaban por encima de los tejados, y el eco de las palmas se oía en los patios de todas las casas. Aquel acontecimiento quedó grabado de tan indeleble manera en la memoria del lugar, que aún se toma como referencia cronológica de muchas cosas: «el año que cantó Don Antonio Chacón...»
Las cómicas sembraban en el pueblo una como obsesión angustiosa. En el campo, en los corrillos de las calles, por las tabernas, no se hablaba más que de ellas. Los campesinos las miraban pasar por la Plaza, entre hambrientos de algo y atemorizados de otras cosas. Cuando se alejaban, surgían los comentarios definitivos:
-¡Qué mata de pelo tiene la muy indina... !
-...Apaleando parvas en la era quería yo verlas, a ver si iban a tener esas carnes tan blanquías, como de leche retemblona...
-Pero qué bien puestas están todas estas tunantas.
La temporada de teatro culminaba la noche de la representación de «El crimen de Don Benito.» Morían en escena tres o cuatro personas. Nosotros no lo vimos nunca; pero asistíamos al anuncio musical del espectáculo, que recorría al atardecer todas las calles del pueblo.
Iba el pregonero anunciando la función y con él la banda de música que dirigía García. Interpretaban algo que quería ser fúnebre y que sólo resultaba escalofriante. Los dos ataúdes que habían de servir en la representación escénica, se exhibían también en el cortejo musical. Y con los ataúdes, toda la chiquillería del pueblo. Como era verano y el polvo llenaba todas las calles, una nube densa envolvía el paso de tanta criatura, alrededor de la triste música desafinada y de las fúnebres cajas zarandeadas a tironazos de un lado para otro. Pero sobre aquel remolino irrespirable descollaba el zumbido del pito gordo, el tono cascado del flautín, el redoble inacabable del tambor, la corneta, y los platillazos de Justino el del sacristán. Y allá íbamos todos, peleándonos por llevar las cajas de los muertos, entre sudores de basura, gritos, empellones y manotazos, por todas las esquinas del pueblo, una, dos, tres veces, hasta que se hacía de noche, hasta que el pito de García ya no sonaba, porque lo obstruía la polvareda hecha barro con babas por la boquilla, por los tubos, anunciando como la mayor fiesta del mundo, como la diversión más extraordinaria y agradable, el tremebundo y mortuorio dramón de ínfimo orden, «El crimen de Don Benito».
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Autor del recorrido: Claudio Maestre; autores de las placas: Ana Mª y Manuel.
Lugar para degustar la historia del flamenco. La peña más antigua, cuestión que es totalmente visible en sus paredes que están llenas de recuerdos y momentos inolvidables de la historia del flamenco del sigo XX.
Es un sito acogedor, el personal amable y con buen trato, ayer el espectáculo de cante y baile flamenco muy bueno.
Muy bien para pasar una noche con ambiente flamenco y con mucho arte.
En ocasiones se celebran pases de flamenco con cantaores y bailaora.
Lugar emblemático en Los Palacios y digno de visitar. Buenas tapas
Un lugar mágico para escuchar flamenco
Muy buena Peña Flamenca.

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